translated from Spanish: Le mandamos un besito al silencio de la violación

Desde el miércoles que asistí a esa conferencia de prensa que estoy angustiadísima. Al principio no entendía por qué, después me di cuenta de que era porque ni yo ni millones de mujeres somos famosas ni contamos con esa contención para poder denunciar y generar semejante ruido. 
Me sentí desprotegida y escribí una nota contándolo. Esa misma tarde varias colegas y amigas dijeron que sintieron lo mismo. Un miedo raro, una sensación de soledad desconocida por todas. La foto de las actrices caló hondo y nos hizo preguntarnos qué pasa si nosotras, pibas sin esos recursos, denunciamos. 

 

Pero lo que pasó después, la ola de relatos, los testimonios, los nombres de varones violentos y sobre todo una charla extensísima con amigas, me convenció de que el panorama no era sombrío. 
De un grupo de muchas, varias de nosotras contamos relatos de abusos, algunos más profundos, otros más sutiles, que vivimos durante toda nuestra vida. Más de cinco de un grupo de trece mujeres habíamos vivido situaciones en las que nuestro deseo no importó y nuestra negativa fue ninguneada. 
En esa charla, que nos dejó absolutamente movilizadas, me di cuenta de que era la primera vez que contábamos estas cosas entre nosotras. Era la primera vez que estos espacios seguros que son las amistades servían también para hablar de miedos, traumas y violencias sufridas por el simple hecho de ser mujeres. 

 

Tengo treinta y tres años y desde hace ocho años que, al principio de a poco y luego de forma furiosa, fui entendiendo y dándome cuenta de que tenía poder de decisión sobre mi cuerpo, que nadie podía obligarme a hacer nada que no quería hacer y que nada le debía a nadie por ser mujer. 
Soy de una generación a la que le cuesta todavía romper estereotipos, que se siente mal si tiene algunos kilos de más, que durante años creía que si no me tocaban el cuerpo en un boliche, estaba fea. Que no podía hablar con nadie sobre mis pajas, mi sexualidad y mi amor por las tetas. Que no tenía espacios para reposar mis deseos y contar mis angustias. Que creía que ningún varón me tomaba en serio porque era muy lanzada, que los chicos malos eran los correctos y que el maltrato muchas veces era merecido. 
Hasta que feminismo. 

Desde siempre nos contaron que tus amigas, aunque divinas, enemigas y que no podíamos confiar entre nosotras porque somos «bichas» y poco sinceras, competitivas y traicioneras. Y si bien la militancia, las lecturas feministas, los debates y este año de lucha por el aborto legal, la deconstrucción y en contra de los femicidios, fueron fortaleciéndonos más y más, lo que sucede ahora rompe por completo el paradigma de la amistad entre nosotras.
La tranquilidad de tener un espacio de cuidado en el que podamos contar estas cosas que no son pavadas y que no son fáciles de procesar, es infinita. Y el agradecimiento a Thelma, a Luciana Peker, a Sabrina Cartabia y a todas las mujeres que se animaron a romper con el miedo y generar estos lugares entre nosotras, también. 
Ahora hay que ver en dónde ponemos todo esto que reflotó del pasado o llamó la atención en el presente. Porque esta ola feminista desbordó de golpe y la contención es absolutamente necesaria. 

Original source in Spanish

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