Teatro Q: La Compañía que innovó en tiempos oscuros


En los años 80, en plena dictadura, la pareja formada por María Cánepa y Juan Cuevas creó el Teatro Q, una alternativa gratuita de formación y ejercicio para jóvenes actores de las poblaciones de Santiago que no podían estudiar en la universidad.
Ella falleció en 2006 y él, la semana pasada. El funeral de Cuevas fue punto de encuentro para muchos artistas que fueron parte de ese proyecto, que subsistió durante una década. Hoy muchos de ellos -algunos en Chile, otros en el extranjero- siguen ligados al ambiente artístico: son actores, productores y comunicadores.
«El Teatro Q significó para un montón de gente la oportunidad de profesionalizarse y de abrirse a otros ámbitos», subraya el actor Roberto Sánchez, ex miembro de la compañía. «Fue un espacio de formación interesante, sólido, potente, que permitió tener a la gente hoy trabajando en lo que les apasiona y para lo cual tenían talento».
«Hoy ninguno niega la importancia de Cuevas, no sólo como maestro y director. Para mucho fue un verdadero padre, en muchos sentidos», señala Alejandra Jiménez, ex alumna de Cuevas y hoy directora de El Circo del  Mundo, que realizó una investigación al respecto del grupo, que funcionó entre 1983 y 1992.
Juan Cuevas y María Cánepa.
El origen del Teatro Q
«Un llamado se hace a los jóvenes que deseen integrar un grupo de teatro escuela, que no hayan tenido oportunidad de ingresar a un instituto, universidad, academia por problemas económicos o cualquier otro motivo». Este aviso fue la semilla de la compañía.
El único requisito era tener cuarto medio. Los alumnos tenían entre 18 y 23 años. No sólo aprendían para ser actores: otros se formaron como técnicos.
Eran tiempos de dictadura militar, y la Fundación Missio llevaba el proyecto «Expresión a través del teatro». Con el apoyo de la Vicaría de la Solidaridad, Cuevas impartía talleres de teatro en poblaciones como Joao Goulart en La Granja, Lo Hermida en Peñalolén, La Pincoya en Huechuraba, o Los Nogales de Estación Central.
El primer objetivo de esos talleres fue formar monitores capaces de seguir promoviendo el teatro en sus comunidades. Los cursos duraban tres meses, y se enseñaba técnicas actorales básicas a través de la realización de montajes breves.
Las obras se exhibían en actividades comunales, acercando el arte y la expresión a las personas que más sufrían por la represión de la época. La idea era dar la posibilidad de hacer catarsis y poner en teatro la vida misma.
Los talleres tuvieron tan buena acogida que surgió la Compañía Escuela Teatro Q. Héctor Noguera asumió como profesor de expresión corporal, Sergio Pineda se encargó de enseñar teoría del teatro, y Carlos Figueroa impartió diseño e iluminación. Cuevas asumió la dirección artística y educativa, mientras que María Cánepa se encargó de la educación vocal.
Arte y transformación social
El teatro Q, que tomó su nombre de la palabra alemana «Quelle», que significa «fuente», fue el primero en manejar el concepto del uso del arte para la transformación, «en el sentido de transformar las vidas de las personas, donde el arte no sólo es un oficio, sino que lo traspasas a otros «, hoy en boga en diversas entidades, destaca Jiménez.
Al binomio de Cánepa y Cuevas los acompañó, también, el actor Nelson Brodt. Primero funcionaron en un galpón adyacente a la Quina Normal, luego demolido, y después en el Teatro Huemul.
«El teatro universitario que imperó en Chile entre los años 42 y 73 está obsoleto por un problema de sentimiento y enfoque. La comunidad necesita un nuevo espejo, un nuevo intérprete». Así lo expresó Brodt a la revista Cauce un abril de 1984.
Aprender trabajando
Para Jiménez, Cuevas quiso hacer un aporte en la época del apagón cultural y contribuir a la democratización del país.
La Compañía Escuela Teatro Q no tenía aspiraciones profesionales, dando espacio a un método de enseñanza distinto. No había una malla curricular como las universidades: los ramos impartidos iban en función del montaje que elegían presentar. Ese acercamiento distinto al teatro marcó al elenco de la compañía.
«Todo, todo lo que soy hoy en día como hombre de teatro como actor, director y docente teatral se lo debo al Teatro Q», cuenta el actor Iván Torrealba.
«La gracia de esta escuela es que, además de ser gratuita, desarrollaba todo el aprendizaje a partir del desarrollo de un montaje. Fue muy innovador en su metodología y era muy brechtiano, en el sentido de que había que vivir en el lugar, comer en el lugar… era una compañía, pero también una escuela», señala Jiménez.
Los alumnos iban todos los días y tenían clase el día completo, recuerda Sánchez.
«Una de las cosas particulares es que mientras nos íbamos formando, nosotros íbamos creando distintos pequeño montajes. Y no sólo eran dados en ese espacio, sino en distintos lugares, sobre todo de sectores populares, como capillas», explica.
Teatro ingenuo
Los montajes de la compañía son recordados como teatro popular, aficionado, periférico o ingenuo, donde sus miembros retribuían el aprendizaje montando las obras en las poblaciones y trabajando con sus niños.
Entre sus obras se cuentan «Los jueces y los reyes», «A la diestra de Dios padre» y «Romeo y Julieta», éste último con la versión de Pablo Neruda. Esta última incluso la exhibieron en Alemania y Suecia, en 1988.
Y a pesar de la salida forzada de Cuevas de la compañía, «él no guardó rencor y con los años se fueron reencontrando con los miembros de la compañía», concluye Jiménez. De hecho muchos de ellos estuvieron en su entierro.



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