“Pobrismo” y Pueblo – El Mostrador

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La Lista del Pueblo había logrado restituir en el vocabulario político la palabra Pueblo sin vergüenzas y otorgándole legitimidad a su presencia. Esto fue posible porque el pueblo se manifestó en las jornadas de rebelión social de octubre 2019 a marzo 2020, cambiando el curso de la historia transicional.
Esta palabra Pueblo, había jugado un rol protagónico en el siglo XX para la izquierda, pues se consideraba como el actor que, organizado, movilizado y articulado con sus partidos –en esos tiempos se llamaban populares– podía transformar la sociedad desigual y de libertades limitadas. Esas organizaciones populares, reconstituidas a costa de sangre, persecución y prohibiciones de todo tipo, fueron el actor protagónico de las crecientes y grandes jornadas de protesta social que se desarrollaron entre 1981 y 1986,  las que posibilitaron la crisis política del proyecto pinochetista, permitiendo que las oposiciones se rearticularan y tomaran la iniciativa.
Sin embargo, esa palabra la hundieron los estrategas de la Concertación en la campaña presidencial de Patricio Aylwin en 1989 con la frase: “Gana la gente”. Era más que un eslogan de campaña, formaba parte del proyecto político de desarticular paulatinamente al actor protagónico. Su objetivo era neutralizar al pueblo organizado, como potencial demandante de sus derechos en un contexto político difícil, con un acuerdo para establecer una “democracia semisoberana”, que vaciara socialmente la transición para dejarla en manos de los políticos, especialistas y tecnócratas, y así negociar con militares y gremios empresarios sin el perturbador ruido que produce la movilización popular.
El “despertar” de la palabra Pueblo ha sido en otro Chile, con una heterogeneidad y desigualdades sociales y culturales profundas, que impiden que ese conjunto mayoritario comparta, por ahora, un imaginario de país y el lugar de sus demandas en él. Menos aún, que confíe en que las representaciones partidistas puedan coherentemente hacerlas realidad o al menos luchar por ellas, luego de su decepcionante desempeño.
La Lista del Pueblo fue, en este sentido, un intento fallido de reponer la palabra. Su significante vaciado ha venido en generar una cadena contradictoria de significados, de precaria estabilidad en la que se sienten cobijados múltiples identidades y proyectos. Su trayectoria previa articuló provisionalmente diversos mundos, organizaciones, personas y personajes, pero no logró construir un proyecto común.
Su discurso público fue profundizando la idea que allí se encontraba la verdad de la Historia, que su interpretación de lo ocurrido en octubre 2019 y en los 30 años era la versión correcta, aquella que ordenaba a las personas, organizaciones sociales y partidos en buenos o traidores, en consecuentes o vendidos. En vez de desarrollar el discurso político y propositivo de los saberes acumulados por los movimientos sociales, la dirigencia de la Lista se “moralizó”, y trató a quienes discrepaban interna y externamente según sus elementales cánones morales. Un conjunto de valores de la izquierda fueron dejados de lado: democracia, respeto a los derechos de los demás a la opinión, a la libertad de disentir y a las normas colectivamente construidas; cuestión que, por lo demás, la propia izquierda había dejado de lado en sus prácticas partidarias, aunque no en el espacio público.
Así las cosas, vino la debacle con el apoyo a un proceso de selección de candidato presidencial entre cuatro paredes, descartándolo horas después, para luego nominar a un personaje indígena de dudosa trayectoria, y seguir con la gran mentira de Rojas Vade. Las víctimas de eso son sus electores y constituyentes electos, además de la propia Convención.
Al revés del registro teológico sobre la redención de los pobres en la otra vida, la condición de “venir de abajo”, del pueblo, ser pobre, no se puede transformar en una “teología política”. En política, el “pobrismo” solo lleva a idealizar una condición social y cultural y no ver su complejidad de riquezas y miserias, de posiciones de izquierda o derecha, conservadoras o radicales, democráticas, populistas o autoritarias. El Chile estamentado, que generó el neoliberalismo, requiere como respuesta la integración sociopolítica que puede proveer un proyecto de izquierda.
La palabra Pueblo, está disponible. Se trata de hacerla productiva para un proyecto compartido de superación del neoliberalismo, con la participación activa más amplia, diversa y heterogénea posible. Estas posibilidades están en el desempeño que tengan las y los constituyentes para conformar las mayorías políticas que permitan una nueva Constitución posneoliberal y, en la elección presidencial, para elegir la alternativa popular que puede implementar un programa de emergencia y la nueva institucionalidad.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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