Cuando decir que no se vuelve una opción y nuestro deseo, una deconstrucción



A raíz de los testimonios públicos denunciando a bandas de rock por abusos y sexo con menores de edad, surgen algunas preguntas que buscamos responder en este artículo. ¿Por qué las chicas no dijeron que no? ¿Por qué seguían a estos varones que las violentaban? ¿Qué se consigue exponiendo estos casos? 
 
No suelo hacer este tipo de notas en primera persona, pero en esta ocasión tengo algunas cosas que decir al respecto. Cuando era adolescente, si estaba con un chico en algún oscurito y él quería tener sexo, yo tenía que acceder. Sí o sí. Aunque me sienta incómoda, aunque no me guste tanto. Siempre eran sus presiones hormonales las que mandaban y yo la que accedía a ellas por miedo. Miedo a que me digan que era una boluda, una histérica, miedo a no hacer lo que se esperaba que haga. Miedo. Y eé que no soy la única que vivió este tipo de presiones.  Es cierto que cuando era adolescente, el feminismo no había llegado a modificarme y ese temor que existía era la ausencia de algo clave: la potestad del no. Ese no que nunca supe decir me hubiera salvado de muchísimas situaciones horribles, no lo sabía decir porque no era una opción en ese tiempo.Ahora tengo 33 años y si bien el feminismo me alcanzó, me faltó esa cobertura de seguridad que necesitaba de más chica. Eso, sin dudas, habría convertido mi sexualidad en un lugar mucho más placentero de lo que fue. Para entender cómo es hoy ser adolescente y tener en claro que las mujeres podemos negarnos en cualquier momento y que quien esté del otro lado tiene que aceptarlo sin chistar, hablé con Catalina Gobelli. Ella tiene 19 años, es feminista y parte de una generación que creció bajo este choque de paradigmas. 

«Sí. Somos bisagra en ese sentido. Si bien me vi a mis 15 años haciendo cosas que una no quería hacer porque el contexto te obligaba, hoy es distinto. En las fiestas que se organizaban en el Nacional Buenos Aires, por ejemplo, estaba sumamente naturalizado que un chabón te acosara durante toda la noche para darte un beso, o dar una mínima señal de que con un chico estaba todo bien pero después no querer hacer nada y ser condenada socialmente por haber dicho que no», cuenta Catalina. Pero ella creció un poquito sin y otro poquito con feminismo y hoy las cosas son realmente muy distintas en ese sentido para muchas chicas. «Ahora en las fiestas hay una patrulla feminista que saca a las personas que incomodan a las pibas y que no da margen a situaciones de presión tales. Lo que está mal visto es que un chabón acose a alguna compañera y no al revés como era hace algunos años», detalla. La capacidad de poder negarse, de entender que nuestra voluntad se debe anteponer a cualquier propuesta o presión externa, es lo que cambia toda la configuración en los vínculos y relaciones. «Hoy me siento mucho mas amparada en mi capacidad de decir que no, ya lo hago y lo hago muy tajantemente. Siento que tengo un margen, que estoy respaldada. Es compleja la situación de ser juzgada, que nos presionen y nos obliguen a hacer cosas que no queremos hacer. Eso ya no va, no funciona más así y es algo valioso que el feminismo nos aportó», agrega Gobelli.

Pero un cambio de paradigma tan grande no tiene una sola lectura de la situación, ni un sólo ítem que tocar, ni una sola pregunta que responder. Porque muchas de las denuncias o testimonios públicos datan de años atrás, en FILO nos preguntamos sobre el deseo, ¿qué deseábamos cuando éramos adolescentes? ¿Estar con músicos a cualquier precio era lo que queríamos? Para responder a estas cuestiones hablamos con la socióloga feminista Charo Márquez. «Lo que pasa es que las pibas resignifican cosas que hicieron o les hicieron de chicas y se dieron de que cuenta que no eran reales esas ganas. Es más complejo que decir que sí o que no, son todas cosas que estas pibas hicieron, muchas queriendo, y años después se dieron cuenta de que su deseo estaba manipulado», analiza la especialista. «Este deseo de las chicas estaba programado al deseo de estos varones y eso les impedía decir que no. Por eso es mucho más profundo cuando salen estas acusaciones, ya no es solo a qué accedemos o qué elegimos, estas pibas lo que hacen es deconstruír lo que querían y quieren hoy», indica Márquez.
 
Respecto a los testimonios públicos, Charo sostiene que tienen una especie de «trampa». «No hay reparación posible, si bien los tipos tienen responsabilidad, algunas veces penales otras veces no, es una cuestión cultural y que cambiarla implica cambiar la programación del deseo, tanto el nuestro de desear hombres arriba del escenario o el de ellos que siempre quieren que sean menores de 21 años». Catalina, por su parte, refuerza la idea: «Hay una cuestión y es cómo nosotras hemos construido a lo largo del tiempo nuestro deseo. Eso sigue siendo así, construimos (y nos hacen construir) nuestro placer en función de complacer a un hombre, es muy evidente, se ve hasta en el porno. Y además, no solo lo tenemos que hacer, sino que nos tiene que gustar. Es algo que se ha instalado tanto que creo que ahí se juega una contradicción. ¿Queremos? ¿No queremos? ¿Nos gusta? El placer pasa por otro lado que no es ese».
«Esta sociedad nos dice que nuestro deseo pasa por complacer a los varones y esa idea es la que hay que deconstruír», dice Catalina. 

Si bien la socióloga sostiene que no hay reparación posible porque estas denuncias son, en general, de años atrás, la condena social es, para muchas víctimas, una manera de resarcir el daño causado y exorcizar las culpas. Para Catalina, por ejemplo, el escrache es la única herramienta con la que cuentan las víctimas ya que la Justicia no funciona. «Hay una mirada por parte de la sociedad que hace más hincapié en qué pasa con los chabones denunciados y no en qué pasa con nosotras, las denunciantes. Es ahí donde las pibas más chicas están haciendo el cambio, se ponen en otro lugar, no están dispuestas a tolerar que eso suceda. Y en ese sentido creo que son muy claras y que nos tiran un poco la línea de cómo seguir: si quieren que los escraches paren, sí quieren dejar de verse expuestos socialmente, tienen que dejar de violentarnos porque no nos callamos más y no vamos a soportar más que se tuerza nuestra voluntad en función de un otro. Me parece increíble y me llena de orgullo», finaliza.



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