La naturaleza es la solución: sobre la polémica alrededor de Plaza Egaña


La polémica surgida en torno al nuevo diseño de Plaza Egaña recuerda otros episodios recientes, como la inauguración del Parque Inundable Víctor Jara, donde los vecinos protestaron indignados por la falta de árboles y naturaleza. En respuesta a estas críticas, algunos expertos han destacado como estos espacios ya no son los de antes, la ciudad ha cambiado y la Plaza Egaña, ahora, no es un espacio vecinal sino un nuevo subcentro económica y socialmente vibrante. Sin embargo, las quejas de los vecinos nos dicen un par de cosas importantes, que políticos y expertos deberían comenzar a considerar.
Primero, nos dicen que la ciudadanía comenzó a reclamar por espacios públicos de calidad. En los últimos años se han multiplicado las iniciativas públicas para remodelar plazas, crear parques, rediseñar bordes costeros, etc. Si bien es cierto esto es absolutamente positivo, la parte lamentable del asunto es que muchas veces el diseño de los espacios públicos es bastante pobre y poco innovador. Esto tiene que ver con la poca consideración que el tema tiene todavía en las escuelas de arquitectura, con la manera en las cuales se licitan y ejecutan los diseños, y con la escala de prioridades que las instituciones públicas utilizan para evaluar proyectos. Uno de los argumentos más habitual es el alto costo de mantención de los espacios verdes en lugar de promover diseños eficientes que utilicen nuevas tecnologías, la selección adecuada de asociaciones vegetales acorde al lugar y la educación ambiental que privilegie las especies nativas promoviendo el cambio cultural para superar el «pasto verde Vitacura».
La otra cosa importante que nos dicen las protestas de los vecinos, tiene que ver con esas prioridades, los resultados de una encuesta asociada al proyecto fondecyt 1180605 demostró que para las personas la presencia de vegetación es el componente más importante para la valoración positiva del espacio público. A la hora de evaluar proyectos, las soluciones de ingeniería todavía son las que priman. Sigue siendo prioritario el construir carreteras, levantar viviendas, entubar canales para evitar inundaciones y privilegiar amplias superficies de pavimentos que pueden recibir a gran cantidad de persona y tiene un bajo costo de mantención. En todo esto, los árboles y la vegetación importan poco. Como expresa Pablo Allard en su comentario en otro medio, Plaza Egaña podría ser como Plaza Perú, que ha generado grandes beneficios “cuando los árboles han madurado”. Uno de los problemas es justamente este. Son necesarios años y años para que un árbol madure y ofrezca el máximo de beneficios a los vecinos y la ciudad. Esto generalmente no se considera, y solo se utiliza la simple operación de árbol cortado-árbol plantado pero numerosos estudios prueban que la contribución ambiental, social y económica de un árbol de 30 años es enormemente mayor que la de un árbol de 5 años. Los vecinos justamente destacan que se ha perdido sombra.
Efectivamente, los árboles regulan la temperatura y reducen el efecto “isla de calor” mejorando confort térmico de la población y con ello promoviendo el uso del espacio. Además, contribuyen a limpiar el aire y al regular el ciclo hidrológico mitigar inundaciones y anegamientos tan frecuentes en invierno. Árboles, arbustos y herbáceas brindan hábitat a otros habitantes de nuestras ciudades tales como aves e insectos. Por último, y como resultado de todo lo anterior, numerosas investigaciones comprueban que la vegetación es un elemento esencial para la salud física y mental de las personas en las ciudades, y que además promueve la identidad local, el sentido de pertenencia y las buenas relaciones sociales entre vecinos. Una plaza dura puede ofrecer espacio público, pero su contribución al barrio y ciudad en todas los aspectos antes señalados es pobre, y por lo tanto Ñuñoa y La Reina han perdido.
Los árboles y la vegetación deberían ser parte importante del diseño de espacios públicos urbanos, ya que a diferencia del equipamiento como bancas, luminarias y sombreaderos, estos seres vivos trabajan minuto a minuto para ayudarnos combatir varios problemas urbanos al mismo tiempo. Es tiempo de balancear mucho mejor en nuestras ciudades las clásicas soluciones basada en la ingeniería dura y el hormigón, con las “soluciones basadas en la naturaleza” que son tendencia mundial desde hace décadas.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.



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